lunes, 10 de febrero de 2014

Raquel Maroño Vázquez
    
     El trabajo es un estúpido invento del hombre moderno… Y ahora que lo he conocido puedo afirmar que sí lo es; el trabajo es un estúpido invento cuando es ejercido sin vocación y sin pasión. Que estúpido es el trabajo cuando se ejerce por necesidad, lamentablemente casi siempre es esa la razón por la cual la gente trabaja, porque necesita un sustento económico.
     Trabajé por una semana y las cosas que aprendí parecen innumerables e invaluables. Lo básico y lo obvio sería que aprendí a limpiar pisos, a hacer tres tipos diferentes de ensaladas, a hacer malteadas, a fichar los alimentos en la cámara y en la mesa de hamburguesas y a ser cajera de Burguer King. Ahora, las lecciones un poco más profundas y significativas serían que aprendí sobre el servicio, me volví más amable en mi trato con las personas; aprendí sobre la importancia del trabajo en equipo, algo que siempre me había parecido tedioso e inútil, y fue en el ámbito laboral donde descubrí lo indispensable que es y lo disfrutable cuando todos hacen de manera eficiente y responsable lo que les toca. Aprendí que atender personas es difícil y, a veces, muy frustrante, por eso intento ser más comprensiva con todos los empleados y también ser más agradecida con ellos, pues el trabajo, por ejemplo, en establecimientos de comida rápida, es muy desgastante y no está para nada bien remunerado.
     La acción en la decisión
     El jueves de la semana laboral fuimos en la noche al cine, algunas niñas del salón y yo; cuando la función terminó nos quedamos hasta que no había nadie más en la sala y nos pusimos a recoger la mayor parte de la basura que los demás habían dejado, los empleados de Cinépolis no podían creer lo que veían, nos aplaudieron y nos dieron las gracias, nosotras les contamos sobre la experiencia que estábamos viviendo y sobre cómo entendíamos lo horrible que podía ser trabajar y, más aún, tratar con personas que no valoran tu esfuerzo.
     De mis compañeros de trabajo también aprendí grandes cosas. Por ejemplo, lo mucho que Ángel y Mariano (mis queridos compañeros) disfrutaban preparar hamburguesas. Muchos de los empleados eran chavos jóvenes que habían dejado la escuela o que estudiaban los sábados en la abierta, yo llegué a la conclusión que prefiero estudiar que trabajar, que el esfuerzo y agotamiento no se compara. Arturo era un empleado que no respetaba su horario, era muy impuntual y aunque a los demás empleados les molestaba, nadie decía nada. Dos empleados oficiales, John y Juan Pablo, tenían capacidades especiales y me llenaba de alegría ver cómo desarrollaba sus trabajos llenos de pasión aunque fuesen cosas que parecieran muy sencillas. Por eso, lo principal que aprendí de mi experiencia es que el trabajo, por mínimo que sea, será grandioso si lo realizas con entusiasmo y con pasión, sólo cuando hacemos las cosas así, llenos de iniciativa y de esperanza, es cuando el trabajo deja de ser un inútil invento del hombre moderno para satisfacer necesidades tontas y mantener al hombre ocupado en algo, y se vuelve significativo, algo así más como una misión en el mundo.