jueves, 10 de abril de 2014

Raquel Maroño Vázquez

     Un día despertamos y ya estábamos aquí. Nadie nos pidió opinión, aparecimos en un mundo, una época y en el seno de una familia desconocida para nosotros. Pudimos haber escogido otro mundo, otra época y también otra familia, pero no tuvimos oportunidad de ello.
     Conforme pasó el tiempo nos dimos cuenta que el mundo lloraba porque estaba herido, y que nuestra época estaba llena de conflictos y problemas y que nuestra familia, era el reflejo de la sociedad que los medios de comunicación nos dibujaban diariamente. Y así como el mundo, fuimos acumulando heridas, y protegimos nuestras cicatrices de las miradas de los extraños y también, de la gente que nos amaba, porque construimos nuestra coraza tan gruesa que se volvió impenetrable. Pero una mañana llegamos a un campamento, rodeados de las personas con las que vivíamos a diario. Llegamos renuentes, cansados, confundidos, apáticos, pero por dentro, llenos de ilusiones. Esperábamos, como el título decía, reconciliarnos con el mundo que sufría, con nuestra familia que no entendíamos, con nuestros amigos que extrañábamos, y con nosotros mismos; queríamos librarnos de esa coraza que con su peso nos dificultaba vivir, nos asfixiaba y nos impedía abrazar a otros.
     Cubiertos de los ojos en medio de la noche, con el pasto bajo los pies y el frío acariciando el cuerpo, descubrimos que estábamos donde debíamos estar, en el mundo, la época y la familia correcta. Juntos descubrimos que lo único que podemos hacer con las heridas es aprender a vivir con ellas, aprender que cada cicatriz es el recuerdo de una lucha, una batalla a la que sobrevivimos. Descubrimos que cada herida es una prueba de que estamos vivos, y que se puede volver a ser feliz, pase lo que pase. Despertamos para ir a un campamento que nos permitiera ver el mundo con unos ojos distintos, un mundo al que podemos sanar si nos empeñamos en ello. Nuestra coraza ahí sigue y nuestras heridas también, pero la coraza empieza a caerse y las heridas a cicatrizar, y quien sabe, tal vez mañana despertemos y podamos respirar sin miedo…