miércoles, 12 de marzo de 2014

Aranza Minor Aguilar
    
     Hace seis meses no sabría dar una explicación sobre qué es un campesino y su diferencia con un jornalero, pero hoy, además de conocer la definición de cada uno me doy cuenta que sus situaciones de vida son similares. Precariedad, pobreza y pobreza extrema son en lo que más se asemejan. Campesinos que parecen no aprobar los estándares de calidad para modelar en los procesos de globalización; y las personas jornaleras, que aunque reciben un salario, siguen condenadas en el espiral de la precariedad. Todo suscitado por la industrialización de los alimentos. Maximizar la producción, acumular el capital.
      Pero, si la maximización de alimentos no hubiera sido provocada, ¿cómo conseguiríamos nuestros alimentos? Sí, la industrialización del agro ha permitido alimentarnos, cosa esencial para que la existencia sea posible. Y también la globalización ha permitido a la clase media y clases más altas escoger entre una amplia variedad de alimentos. Pero no justifica que las personas que producen esos alimentos sean explotados laboralmente; que el clima sea descuidado y que se haga uso de transgénicos que atentan contra nuestra salud, para concebir la sobreproducción y por ende, la acumulación del capital, además de que es injusta la repartición de los alimentos, con costos elevados y dejándolos al acceso de sólo unos pocos.
     Parafraseando a Blanca Rubio en su texto: “Globalización, restructuración productiva en la agricultura latinoamericana y vía campesina 1970-1995”, la agroindustria global dicta las nuevas relaciones de la subordinación en el campo penetrando también las nuevas formas de explotación en el trabajo. 
      La humanidad necesita alimentarse y debe encontrar métodos para solucionarlo, además de pensarlo en escala mundial, y hasta ahora lo hemos hecho. Desde producir hasta comprar. ¿Pero hemos pensado en los que producen esos alimentos, que también forman parte de la humanidad y tienen las misas necesidades? ¿Y en los procesos qué conlleva producir ese alimento que llega hasta nuestro plato? Coincidiendo con Thomas Hobbs: “El hombre es el lobo del hombre”.
     Como lo mencionó un compañero en clase: “si la humanidad creó este fenómeno seguro podrá solucionarlo”. No condenemos la problemática a su destrucción total, porque así suena más fácil que encontrar una solución. Ni suponer que es sólo deber de las autoridades. Como mínimo sí debemos regular y pensar nuestro consumo en alimentos y bienes materiales.