jueves, 19 de septiembre de 2013

Camila Artola Zanella

     ¿Nunca has puesto tu mano en un espejo, esperar hasta que tu mano deje su huella y luego ver cómo poco a poco una marca de ti queda en la superficie? ¿Nunca has pensado que el espejo no es simplemente un espejo? Este espejo puede ser tu amigo, tu hermano, tu novio. Este espejo puede representar una persona, su vida, su piel, su mente, su alma, su corazón. Ese momento en el que sientes felicidad, en el que te sientes orgulloso de ser tú la persona encargada de dejar su marca. Pero cuando estás seguro de que se quedará, poco a poco, ésta comienza a borrarse. ¿Por qué se borra? ¿Tan fácil es de quitar la marca, tu marca?, o será solamente que ésta cumplió su tiempo y se desvaneció de la superficie. Llegó su momento y ésta, a su vez, dejará que otra tome su lugar, otra persona llegará y pondrá su mano donde tuviste un día la tuya y el proceso comenzará otra vez. No se sabe cuántas manos tocaron este espejo, no se sabe qué tan profunda fue su huella, quién la puso ni si esa persona se acuerda de haberla dejado. No se sabe cuántas veces pueda suceder esto, ni cuántas huellas que una vez estuvieron en ese espejo le fueron dejando lugar a nuevas. Pero tal vez, adentro, muy en el interior, esta marca microscópica se quede para siempre. Tal vez, sólo tal vez, una sombra de lo que fue se quedará en el fondo de ese espejo. Para recordarte y recordarle así, que estuviste en algún momento, en algún lugar, dejando tu huella en eso a lo que nosotros llamamos “espejo”.