viernes, 6 de diciembre de 2013

 Belén Villarrreal

     Trepábamos ese árbol todas las tardes, Lula nunca fallaba, siempre estaba ahí a las 5:00 pm en punto esperándome en la entrada de su casa, sentadita en la mecedora de su abuela Carmela, si me atrasaba, aunque fuera por un segundo, me reclamaba y corría hacía el árbol, a veces la dejaba ganar sólo para escuchar esa risa presumida y burlona.
     Todas las tardes, por más de nueve años hasta que llego el día en que Lula ya no estaba en la mecedora, es más, la mecedora tampoco estaba, se había ido, me había dejado, me había dejado con una notita pegada en la puerta de la que fue su casa, una notita con un simple “Nos vemos pronto Froilán” ¿A dónde habría ido? ¿Cuándo volvería? ¿Estaría mintiendo al decir que nos volveríamos a ver? Esos y más cuestionamientos atravesaron mi cabeza, pero nunca dejé de ir al árbol.
     Una tarde de Septiembre del año no me  acuerdo, el 25 para ser exactos, ya tenía 17 años, fui al árbol como todas las tardes y me senté a leer. Una sombra frente a mí no me permitía leer bien los versos de mi libro con poemas de mi paisano Sabines, levanté la mirada, el corazón me brinco a la garganta, era Lula, jamás la había visto tan hermosa, sus ojos ámbar brillaban más que nunca, su blanca sonrisa con más emoción que nunca.
     Me paré de un brinco estuvo lejos de mí por casi tres años, tres años de vivir con la esperanza de que volvería algún día, una esperanza que nunca perdí, tal  vez por eso volvió.
     Nunca me dijo por qué me dejó, ni me importó, estar con ella en ese momento era lo importante, asegurarme de que no me dejaría jamás, que no la permitiría alejarse de mí nunca, hice que me lo prometiera, ahí en el árbol, nunca había besado a nadie con tanta pasión como la besé después de aceptar la promesa, y con la misma pasión la he besado siempre.
     Pasaron cuatro años e hice a Lula mi esposa, no pude contener las lágrimas de felicidad que me causaron verla en ese vestido blanco, tan bella, tan pura, tan ella.
     Le compré una hacienda “La bonita”  la agronomía me permitió darles a mi esposa e hijos la mejor vida; obviamente, los llevábamos a nuestro árbol  y los veíamos treparlo.
     Jaimito, Frida y Carmelita, mis razones de levantarme todos los días, todos con los hermosos ojos de su madre, todos con su sonrisa, con su carisma, su alma. Al crecer, cada uno hizo su vida, se ven felices, y si no lo son, nunca lo sabré, porque cuando nos visitan siempre están sonriendo.
     Verlos realizados y felices cuando nos visitan a Lula y a mí me llena de gozo, ver a mis nietos jugar en el árbol y a mis hijos dejar flores en nuestras lápidas al pie de éste, sé que nos recuerdan con amor, pero nada puede hacerme más feliz que saber que estoy a lado de Lula, mi esposa, mi amada, mi amiga, mi compañera, mi luz.