viernes, 6 de diciembre de 2013

Abraham Antonio Sánchez Lima

     El aire suspicaz se busca un pretexto para recordarme tu nombre, tus besos. Refresca, como el agua, el símil de los gratos recuerdos. Te quiero mucho, tanto como a nuestros hijos. El calor me invade, y no son sino las ganas de verte las que me mantienen vivo.
     En momentos confundo la risa franca con las ganas de llover, de que lluevas en mí. La filigrana de tus labios eslabona el prólogo de la gran faena que acabaremos por empezar.
     Tus manos de artista innata recorren mi cabeza, mis dedos largos se entrelazan en tu cabellera de tabaco, deseando bordar de oro tus ojos y de rubí este invento que nos han impuesto, que allanaría aquél sentimiento al que le dicen amor.
     Tu delicada espalda la recorro con los dedos, que alguna vez recorrieron los tallos de las flores en el campo por el verano. El inquietante deseo de morirme contigo llega cuando de hacer el amor se trata.
     Suenan las copas, resonantes en la memoria del artista poeta, embriagantes en el paladar de la musa seductora. Siento que hemos vivido antes, solamente fueron unos días y el amanecer de un puerto con aroma a cafetales que eran como tú, gratos a la vista.
     El sonido de la trompeta inusitada remonta el amor que se desbordaba en nuestra cama, el querer que de sangre más hondo se tornaba. En la de tus piernas siento el calor maternal, y recuero a mi infancia, donde la serenidad de mi madre me convencía de amar a una mujer igual a ella.
     Solo Dios nos impone un veto que nuestro amor ha de trascender.
     Tus caderas se enajenan en la querencia de mis brazos, a la que los toros aquerenciados apelan.