lunes, 17 de febrero de 2014

Paola Dualt
    
     Había una vez un pequeño pueblo en lo más recóndito de las montañas, un pueblo lleno de colores, árboles tan grandes que podías tocar las estrellas, esas estrellas tan brillantes acompañadas de nubes, también de colores. Se decía que los que las veían de cerca, sentían una felicidad tan profunda que nunca regresaban. Colores que todos estaban tan acostumbrados a ver, que ya no veían.
     En ese pueblo vivía un hombre muy humilde llamado Antonio, quien disfrutaba con toda su alma hacer felices a los demás, sobre todo por medio de esos colores tan brillantes que abundaban en su cielo, pero en un pueblo tan pequeño, llegó un momento en el que nadie le hacía caso. Incluso algunos le llamaban loco por ver la belleza en un cielo tan común como ese, y sólo se burlaban.
     Llegó un momento en el que Antonio ya no era feliz, pues ya no podía hacer lo que le gustaba, que era hacer felices a los demás. Pero un día, a Antonio se le ocurrió una idea: llevaría esas estrellas tan bonitas a otros pueblos y tal vez ciudades, y las enseñaría a los demás, para que pudieran sentir la alegría que él sentía al verlas, y poder hacer felices a cada vez más y más personas a la vez.
     Entonces, cuando nadie miraba, decidió subir a esos árboles tan altos que todos algún día admiraron tanto y, a su vez, atrapar algunas pocas estrellas en un frasco. Para poder llevarlas a otras personas y que éstas sintieran lo mismo que él sentía al verlas. Agarró una mochila con unas pocas prendas de ropa, y emprendió su viaje.
     Llegó a un pueblo, un pueblo gigante e intimidante, lleno de personas grises, y amargadas… Una ciudad.
     Miró al cielo. Nada. No había colores en lo absoluto. Había muchas luces brillantes, pero ninguna tan bonita como la que llevaba en las manos. Era perfecta para iniciar su misión.
     Intentó enseñar a esas personas la botellita tan brillante, pero nadie siquiera lo volteaba a ver, todos estaban tan centrados en la rutina que no se daban cuenta de aquel pueblerino con el mismo cielo en sus manos. Antonio estaba por rendirse, sentado en el piso. Totalmente devastado. Tal vez era cierto, tal vez estaba loco, y ese cielo era un cielo que sólo él podía, o creía ver.
     Estaba por irse totalmente derrotado, hasta que un hombre cruzó su camino, un hombre alto y delgado, con una apariencia tan verde que hacía que todo aquel que lo miraba, le rindiera alguna clase de tributo. Los dos chocaron, y a Antonio casi se cae el frasco con ese contenido tan preciado para él, pero el hombre lo atrapó, y cuando lo vio, se quedó tan asombrado que sus ojos se pusieron aún más verdes de lo que estaban, Antonio sólo lo miró y se quedó callado.
     –¿Qué es este recipiente tan lleno de brillantes colores que traes aquí? –le preguntó.
     A Antonio no le dio mucha confianza, pero ya que era el único al que le había llamado la atención su frasquito, decidió contarle todo, desde dónde aparecía hasta los árboles tan altos que te llevaban a éste.
     El hombre verde sonrió, con esos dientes tan blancos, pero desarreglados al mismo tiempo, tomó el frasco, y sin más, siguió su camino.
     Antonio, ya sin su pequeño frasco, desilusionado, regresó a su pueblo y no volvió a saber nada de ese único hombre tan verde a quien le había interesado su frasco.
     El tiempo pasó, y Antonio siguió siendo molestado por todos, ahora aún más, ya que su historia se había esparcido por todo el pueblo y todos sabían de su intento fracasado de que los demás vieran lo que él creía ver.
     Un día, recibió una visita inesperada. El hombre verde que se había encontrado aquel día tan decepcionante, estaba tocando a su puerta. Él lo recibió amablemente, ya que fue el único que, aunque sea por accidente, se había interesado en él aquel día, y creía que era lo menos que podía hacer por él. Esta vez, el hombre verde se presentó con un montón de papeles y otros hombres de colores verdes muy brillantes, pero aún no tan brillantes como el tono verde profundo de su jefe. Le explicó que, por una gran suma de dinero, él podría darle la felicidad que Antonio estaba buscando, sólo tendría que darle una parte de su cielo, ese cielo que ya todos en el pueblo ignoraban completamente, el cielo por el que todos se habían burlado tanto de él. En un impulso de enojo y desesperación, Antonio aceptó, y firmó esos numerosos papeles que el hombre verde traía consigo. Sin más, los acompañantes del hombre empezaron a sacar su equipo, tiraron árboles, construyeron torres altas y aspiraron todo el lugar, dejando tan sólo los restos de las torres construidas y nunca derribadas, y sólo una estrella con un solo tono de rosa salpicado a su alrededor.
     Antonio, devastado, miró a las personas de las que él pensaba haberse vengado, y a su cielo, que solía ser de colores tan brillantes y hermosos, convertirse en diferentes tonos de gris, igual al de esa ciudad depresiva que alguna vez lo había inspirado a compartir sus colores con todo el mundo. Todo el pueblo quedó devastado, todos lloraban y le pedían perdón, tal y como él quería en el momento en el que firmó todos esos papeles.
     Pero algo faltaba, se sentía vacío. Un vacío que nunca había sentido antes, un vacío representante de la falta de todos esos colores, mismos que le brindaron alguna vez tanta felicidad.
     Todos, le faltaban todos menos el verde.