jueves, 13 de marzo de 2014

Raquel Maroño Vázquez

     El pasado lunes 10 de febrero, llevamos a cabo nuestra actividad de ciudadanía global de este parcial en la materia de lenguaje y literatura IV. El tema eran los códigos en la comunicación humana, las maneras tan peculiares que tenemos para darnos a entender, y de vez en cuando, para desvirtuar la lengua.
     Qué mejor manera de entender los códigos que ejemplificándolos con los que nosotros mismos utilizamos. La actividad consistió en presentar por parejas los códigos escogidos por cada uno. La mayoría presentó los emergentes códigos del mundo cibernético de los adolescentes, las abreviaciones en inglés, los memes, las contracciones para ahorrarnos letras, los intercambios de letras de sonido semejante (como la k por la q o la z por la s), los juegos con códigos no lingüísticos como emoticones, caritas, guiños o figuritas animadas, etc. Unos más hablaron del legendario e infantil código de la efe y el de la ele. Otros aportaron información sobre las palabras que permiten la comunicación entre drogadictos, un código que sólo personas inmersas en ese contexto entenderían. Y la última pareja participó de esta actividad presentando su propio código inventado. 
     La actividad que realizamos fue divertida y muy gratificante pues nos pareció fuera de lo común estudiar en lenguaje y literatura la manera en la que nosotros nos comunicamos, sin reglas ortográficas, sintácticas o morfológicas, la jerga adolescente en su “estado puro”. Cabe mencionar que al principio creí que sería una actividad tediosa y complicada, pues pensaba que nos pedirían inventar nuestro propio código, pero la realidad es que ya lo tenemos y presentarlo ante la clase fue una gran experiencia, nada complicada ni aburrida.
     Siento que duró muy poco tiempo y que se hubiese podido hacer en grande, frente a toda la escuela en la capilla, pero de haberlo hecho así probablemente no hubiese sido tan espontáneo ni gratificante como lo fue.
     Nos sumergimos en el mundo de los códigos de la comunicación, los presentamos chuscamente y descubrimos lo absurdo que son en la mayoría de los casos, observamos cómo se complican y se enredan los mensajes, más de lo que a veces creemos, en fin que es una realidad que si no compartimos el mismo código se entorpece la comunicación entre los individuos.
     Claro que no todo es malo, algunos códigos forman parte de nuestra identidad como adolescentes (como las abreviaturas en inglés o los estados de ánimo con guiños y caritas), pero concluimos como grupo que en este mundo tan globalizado e interconectado, la comunicación tendría que acercarnos y permitirnos un mayor grado de comprensión, pero vemos ante la realidad que el uso de códigos tan complejos y extraños pueden representar más barreras de las que ya hay entre personas de distintas culturas, y por un momento, un código global no pareció tan mala idea.